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jueves, 28 de mayo de 2015

Adquiere sabiduría y vive bien

No sé si tu te acuerdas o llegaste a conocer, pero hace un tiempo apareció por ahí, una canción que decía: “Felicidad no existe, lo que existe son momentos felices”.Verdad, ¿no te parece? Y confirma también, que la infelicidad no existe. Lo que existe son momentos infelices, o sea, todo pasa; hasta el sufrimiento, el dolor, las contrariedades, los problemas.
Aunque la gente no crea, siempre: después de la noche viene el día, después de la tempestad aparece el buen tiempo y luego de la oscuridad el sol vuelve a brillar.

Y en la vida también es así. No existe amargura o sufrimiento que no acabe o desaparezca. Por eso, frente a algo que nos incomoda o nos trae infelicidad, no podemos desesperarnos, pensar que no hay más solución. Es necesario, un poco, y, a veces, bastante calma y paciencia.

Tu podrás decir: “¡Está bien, pero cuando se siente en carne propia los problemas, no es nada fácil!”. Estoy plenamente de acuerdo contigo, pues, ¿quién de nosotros no ha tenido sufrimientos, decepciones, y serias contrariedades en la vida? Quien diga que no , o está mintiendo o todavía no sabe lo que es la vida. Pero, ¿servirá de algo enfurecerse, insultar, acabar con la propia vida o cosa parecida? ¿Resolverá alguna cosa? Tu sabe bien que no.
Y es eso sólo ese asunto, ese afán porque todo se resuelva rápidamente: ¡ya es ya! Parece que si uno se demora un poco más no va a aguantar.

Hasta ahí todo bien, pero díme una cosa: es asunto común que toda noche, por más larga que sea, dará paso a un nuevo día. Las tinieblas desaparecerán y la luz del día regresará. Sin embargo, si ahora son las dos de la madrugada, ¿servirá de algo adelantar el reloj a las seis de la mañana? La respuesta es una sola: es inútil porque se tendrá que esperar que el tiempo pase normalmente. Ahora, mientras menos se preocupes y se angustie la gente, el tiempo pasará más rápido.

Si te parece conveniente lee esta reflexión que encontré en una página de revista.

Si tu estás a punto de reventar mentalmente, cállate unos instantes para pensar.
Si el motivo es una molestia en tu cuerpo, la intranquilidad lo empeorará.
Si la razón es la enfermedad de una persona querida, tu desajuste es un factor agravante.
Si sufriste perjuicios materiales, las lamentaciones no ayudarán a pagar la deudas.
Si perdiste a alguien querido, la queja te volverá alguien menos simpático al lado de otros amigos.
Si dejaste atrás alguna oportunidad valiosa, inquietarse es desperdiciar el tiempo.
Si surgieron contrariedades, el hecho de enfurecerte alejará de ti a quien te podría ayudar.
Si cometiste un error, la desesperación, es una puerta abierta para faltas mayores.
Si no lograste lo que deseabas, la impaciencia hará más larga la distancia entre tu y el objetivo por alcanzar.
Sea cual fuere la dificultad, conserva la calma y sigue trabajando, porque, en todo problema, la serenidad es el techo del alma.

NUNCA ES TARDE Para recomenzar una nueva vida

Phil Bosmans.


jueves, 21 de mayo de 2015

Reflexiones sobre la sabiduría

La sabiduría cuyas raíces viven en el campo del silencio y de la meditación, es el silencio elocuente en el corazón y no en el discurso bullicioso de la mente; de día llama al hombre con persistencia y él no la oye porque está ocupado en duplicar sus ganancias; de noche grita al oído del alma, y está no la escucha porque está soñando en el fruto del trabajo.

Todo corazón es el libro que encierra los misterios de los días y los arcanos de las noches; pero los ojos no saben ni pueden leer sus jeroglíficos.

Hay palabras silenciosas y sentidas que no pueden ser leídas por los ojos vidriosos que contemplan deslumbrados la luz solar. Pretender sacar a la luz del sol la sabiduría del corazón es intentar abrir los ojos del topo para que lea los libros a la luz del sol.

El sabio no arrastra a nadie a la sabiduría, sino más bien, exterioriza su amor, su fe y su esperanza en ella. Vive la luz del saber para alumbrar al caminante y se convierte en ejemplo viviente, hace lo que se debe y aplica con razón lo que es justo. Vive en el silencio y cuando habla procede como la naturaleza, todo lo fecunda y lo transforma.

Por lo que la sabiduría es la joya que debe ser conservada en el arca del silencio y contemplada con los ojos de la meditación; siendo la luz del corazón que ilumina al cerebro y hace al hombre dueño de los demás, él los ve, pero los demás no ven en él más que luz.

Raquel Todd.


sábado, 16 de marzo de 2013

El sembrador de dátiles


En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.

- Que tal anciano? La paz sea contigo.

- Contigo (contestó Eliahu) sin dejar su tarea.

- ¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?

- Siembro (contestó el viejo)

- Qué siembras aquí, Eliahu?

- Dátiles (respondió Eliahu) mientras señalaba a su alrededor el palmar.

- ¡Dátiles! (repitió el recién llegado) y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez.

- El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.

- No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...

- Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?

- No sé... sesenta, setenta, ochenta, no sé.. lo he olvidado... pero eso, ¿qué importa?

- Mira, amigo, las Palmeras tardan más de cincuenta años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.

- Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

- Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.

- Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tu me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

- Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.

- Y a veces pasa esto, siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseché no solo una, sino dos veces.

- Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte...

Desconozco a su autor