Como reza el conocido refrán, “los de afuera son de palo”.
Que hayas decidido confiarle a alguien un problema o una inquietud, o que te visite a menudo y lo recibas de buen grado, no le da la facultad de inmiscuirse en profundidad en los asuntos internos y en los avatares de ustedes dos.
Nadie tiene por qué meterse en tu relación, opinar y tratar de influir o de modificarla sin tu consentimiento.
Si no deseas escuchar lo que tienen para decir porque intuyes o sabes que sus intenciones no son las mejores o porque no estás en momento de escucharlos, no tienes por qué tener algún reparo a la hora de expresarles tus necesidades y tus deseos. Si tú no los haces valer, ¿quién lo hará?
Aunque se trate de un familiar muy cercano o de uno de tus mejores amigos -y aún más si has llegado a fastidiarte- está en ti poner el límite, de la mejor manera que puedas. Hay personas que no entienden cuándo dejan de ser útiles y se transforman en entrometidos y tienes todo el derecho del mundo de hacérselos saber y de ponerlos en su lugar: al fin y al cabo, se trata de tu propia pareja, no la de ellos.
Es común sentir la tendencia a buscar una explicación a lo que están haciendo. Preguntarte qué los motiva a tomar semejantes decisiones y a intentar irrumpir en tu vida o traspasar fronteras solo te quitará tiempo y energía: lo verdaderamente importante es la actitud que tú tomes con respecto a la conducta de ellos.
Y de esto dependerá, en gran medida, el bienestar y la salud de tu vínculo de cara al futuro.
Fuente: Mejora Emocional

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